Aquel pibe feliz, viejo y triste

21.04.2014 02:17

Aquellos que se acerquen con la intención de hallar en estas líneas un veredicto categórico o una respuesta verosímil que lo explique todo, deberán saber que este párrafo pretende desengañarlos: el cómo y el porqué de la siguiente historia son -y seguirán siendo- un misterio.
Lo único concreto es lo que sucederá. Y lo que sucederá es -ni más ni menos- que Fermín Ipalaguirre logrará, esta misma tarde, viajar en el tiempo. Conseguirá, por motivos inciertos, regresar a una época feliz de su vida: a los siete años.
Pero, atención: será un regreso real. Fermín Ipalaguirre no regresará a su niñez en un sentido metafórico. No se trata de simbolismos y alegorías baratas. Mucho menos, la excursión de un viejo triste a través de su propia nostalgia.
No, nada de eso.
Fermín Ipalaguirre retrocederá en el tiempo hasta ubicarse en la tarde del 14 de agosto. Y ese viaje será solamente de ida. Viajará por única y definitiva vez.
Y lo hará a través de una foto. De la foto que retrata esa tarde, aquella en la que estaba previsto el nacimiento de Marita: jueves 14 de agosto. Esa foto que hoy Fermín contempla fascinado, como todos los atardeceres, sentado a la mesa bajo la lamparita que cuelga al costado de un nido, entre las ramas de la parra.
Marchitada por una tenue luz, la foto se ve aun más amarilla.

Fermín barre las hojas de la parra, las viene acumulando en cada barrida desde la tarde anterior. Se sienta a la mesa del patio. Insiste con el mate. Lo golpea contra el borde de la mesa: espera que se destape antes de que el agua se enfríe. Y la calandria, que ha sabido anidar cerca de la lamparita y que todas las tardes lo acompaña en silencio, reacciona: se agita en un aplauso de alas temerosas y desconfiadas. Y eso alcanza para que las hojas de la parra se suelten y caigan otra vez, sobre la mesa y sobre las baldosas.
La yerba ha de ser muy mala, puro polvo que se mete por la bombilla. Y se tapa. Cada dos por tres el mate se tapa, y hay que golpearlo para que el agua pase. Esa es una de las cosas que él aprendió de Irene. Ella no sólo le enseñó a preparar mates aguantadores; también le mostró cómo destaparlo y cómo hacer que la yerba rinda más secándola al sol.
Al menos una vez al día piensa en Irene. Gran mujer, Irene. Firme, trabajadora. Una gran madre.
Pero en lo que más piensa Fermín es en la foto.
Ahora aparta la pava. Apoya, apenas, la boca en la bombilla: si chupa fuerte se vuelve a tapar. No quiere andar forcejeando con el mate cerca de la foto. Mirá si entre tirón y tirón, la manchan algunas gotas. O peor: que la foto quede sepultada bajo un túmulo de yerba viscosa y caliente. Un desastre sería. Esa foto vale para él lo que no valen todas sus posesiones: la casilla recién pintada, las rosas y los malvones del pasillo, el limonero. Para Fermín Ipalaguirre, la foto es más valiosa que su huerta entera. Es así: antes que nada -antes que cualquier cosa que pudiera importarle-, está siempre la foto. Esa foto en la que un pibe sonríe con el flequillo impecable y un par de dientes menos, feliz porque es 14 de agosto y pronto conocerá a su hermana: con la llegada de Marita, él tendrá -después de tanto esperar y pedir- alguien con quien jugar.
Por eso sonríe. La siesta dejará de ser el silencio de muerte, el colmo del aburrimiento. Sonríe porque tiene la certeza -equivocada certeza- de que su hermana llegará.
A medida que los rayos del sol se ocultan entre las ramas áridas de los sauces, la lamparita brilla más. Se refleja en la mesa, en el torso opaco de la pava.
Fermín Ipalaguirre nunca ha hablado con nadie acerca del significado de esa foto. Siempre la lleva encima, en un bolsillo o en la billetera. Y si alguien se le acerca demasiado -en la cola del banco Provincia, por ejemplo-, se apura a guardarla. La esconde, para que nadie le pregunte.
Porque, si lo hicieran -si le preguntaran por qué se pasa el día con la cara pegada a esa foto-, él no sabría explicarlo con palabras. Fermín siempre ha sido enemigo de las palabras, de las conversaciones. De su propia voz. Y si hay algo que lamenta es eso: no saber decir. Le encantaría poder explicar que la mira porque no ha encontrado en tantos años mayor candor que en los ojos inocentes de ese pibe. Que lo hace porque no ha vuelto a sentirse tan optimista como aquella tarde del 14 de agosto. Que esa foto representa a una hermanita que todavía puede llegar. A una mamá que seguirá preparándole el mate cocido con tostadas.
Que quien ofició de fotógrafo -quizás un tío- logró captar un día cualquiera, sin saber que terminaría siendo, para ese pibe feliz, el más grato y valioso de su vida.
Decirlo no le sale. Y ha descubierto -después de tantos años- que se siente mejor si no dice todo aquello. Porque el silencio lo libera de la culpa de menospreciar todo lo que habría de suceder después de ese 14 de agosto: su primer y tardío beso, los hermosos hijos que Irene supo darle, los veinticinco años vividos junto a ella, la casilla que construyeron palmo a palmo cuando huyeron de Sáenz Peña, la vez que lloraron juntos frente al mar.
Así que no dice nada, y se evita la culpa. Y entonces guarda la foto y la saca recién cuando nadie parece interesado en preguntar.

Finalmente, como es de imaginarse, Fermín Ipalaguirre jamás conoció a Marita: de buenas a primeras, el parto se complicó para las dos. Para Marita y para su mamá también.
Y el 15 y el 16 y el 17 ya nada tuvieron que ver con ese feliz 14 de agosto. Pero ese pibe feliz aún no lo sabe -nunca lo sabrá-, y puede mantener esa sonrisa expectante para siempre. Ese pibe conservará el brillo y la inocencia, por el tiempo que Fermín consiga preservar la foto. Por eso es que la atracción entre el pibe feliz y Fermín Ipalaguirre es tan intensa. Intensa y mutua.

La calandria chilla, se esconde. La lamparita oscila y parpadea. La parra se multiplica en una lluvia de hojas secas. Pronto Fermín desaparecerá misteriosamente de su patio, de sus tardes de espalda encorvada y yerba curtida.
Entretanto, la pava se congela por el resplandor frío que proviene de las manos de Fermín, de la foto que acaso relampaguea entre esas manos.
En segundos, Fermín Ipalaguirre abandonará para siempre su casilla recién pintada. No conocerá a una tal Irene en un banco de la Plaza Belgrano, ni se levantará por las noches para comprobar que sus hijos duermen bien. Nunca abandonará Sáenz Peña. Sus tobillos jamás serán capturados por las frías olas del Atlántico ni por las de ningún otro océano. No sabrá lo que es tener ocho, quince, treinta años. No habrá primer beso para él: en un abrir y cerrar de ojos regresará al momento que eligió como el más puro, el más feliz. Y el 14 de agosto será, ya de forma definitiva, su lugar en el mundo.
Pero hay algo más que Fermín Ipalaguirre ignora: ese pibe feliz de flequillo y dentadura con ventanitas también se verá obligado a moverse, a quitarse. Fermín no sabe que ese pibe pasará los últimos días de su corta vida entre arrugas y párpados lacrimosos, bajo la distante custodia de una calandria que observa, ya sin alterarse, el deshojar constante. Que gastará sus tardes en el infierno de una foto marchita, sentado bajo la tenue luz de una lamparita que asoma entre las hojas secas de la parra.
No sabe que ese pibe feliz será -desde ese mismo abrir y cerrar de ojos- prisionero de un cuerpo viejo y triste.

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Agosto 2013

Cristian Acevedo

#safecreative





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