Dionysos

28.01.2015 00:40

…la fuerza de la ovación empezaba a alimentarse a sí misma, 

crecía por momentos y se tornaba casi insoportable.

“Las ménades”, Julio Cortázar.

 

 

 

Una sinuosa y apretada fila de mujeres serpenteaba en la vereda del Dionysos Golden Club y se perdía más allá de la esquina. Ellas conversaban, fumaban, se retocaban el maquillaje, se acomodaban el pelo recién lavado. Reían con tímidas carcajadas. Pero, por sobre todas las cosas, vigilaban la puerta del Dionysos, esperando a que por fin habilitaran la entrada.

Así era cada sábado. Los sábados eran de ellas.

Paul y Ricky accedían siempre por una puerta lateral. Pero, toda vez que podían, se daban una vuelta por la entrada: contemplarlas en el último instante de decencia —porque al entrar, perdía la decencia hasta la más pura— era su manera de motivarse. Ver los ojos de ellas por última vez —ojos aún pudorosos, acaso inocentes— formaba parte de lo que ellos llamaban “la previa”.

Y cuando ya habían llenado sus retinas con tanto escote y maquillaje y lentejuelas y piernas al aire, entraban por la pequeña puerta negra que daba al estacionamiento y se iban directo para los camarines. Esa era la rutina, el juego, la previa.

Esta noche, habían quedado como hipnotizados al ver a un veterana de enormes y sólidas tetas de plástico, que se aplastaba y moldeaba los rulos y se mordía los labios de manera insoportablemente provocativa. Y al regresar de aquel denso estado de embriaguez, se miraron y sonrieron: el reto de esa noche sería llevársela, hacer un trío si era posible.

Después, lo de siempre. Cerca de las doce se abría la puerta, y ellas se desparraman rápidamente por el boliche, con la premura de pequeñas cucarachas que huyen de la luz. Y esas cucarachas, cohibidas hasta hacía segundos, enseguida mutaban en bestias predadoras a las que había que saciar urgente.

“Cucas”, les decía Paul. “Hienas”, las llamaba Ricky. Y así mataban el tiempo entre pasada y pasada. Pero, al momento del show —y por más que ellas fueran los seres más despreciables sobre la tierra—, Paul y Ricky siempre cumplían con las expectativas. Gozaban incitándolas al desvarío, empujándolas a la más abismal de las obscenidades. Nada era excesivo, todo valía en ese afrodisíaco juego carnal. Y a ellas eso las complacía: no podían evitar adorarlos.

En cierto momento de la noche, empezaban los bramidos: los reclamaban. Y ellos no se hacían desear.

Hacían dos pasadas. Una, para calmar a las más ansiosas. Y otra, al final de la noche, cuando ya había corrido el suficiente alcohol y no hacía falta más que mirarlas para que estallaran en orgasmos. Paul siempre iba primero. Ricky esperaba en el camarín. Se entretenía oyéndolas gritar y aullar, como si Paul fuese el mismísimo Eros.

Pero esta vez quiso ver a Paul en acción (imaginar el show estaba bien, pero ver las histéricas caras de ellas de tanto en tanto era, también, un acontecimiento inolvidable). Se ató la bata, se puso unas sandalias y se escondió detrás del sucio telón azul: desde allí, vería a Paul desplegando todo su talento.

Apenas asomado, Ricky pudo ver la espalda aceitada de su amigo, lo vio trabar los bíceps, dar un giro y tironear y liberarse de su ajustado pantalón negro. El turro sonreía con fingida sorpresa, al tiempo que se quedaba en zunga; y ellas, desde abajo del escenario, chillaban y se estiraban queriendo tocarlo.

Enseguida sonó la sirena de la 01:00 am. Y, en perfecta sincronía, el boliche oscureció, se apagó de golpe. Las barras, las mesas y el escenario quedaron sepultados bajo una silenciosa penumbra. Ellas callaron. Nada más que la sirena se oía. Y el escenario resplandeció con el destello de una única luz. Una única luz que ahora brillaba sobre el cuerpo de Paul.

La sirena se hacía cada vez más aguda. Paul, en todo su esplendor, ya era dueño del escenario, dueño de la noche. Rescató de la oscuridad la banqueta de siempre y se sentó muy despacio. Y, sin dejar de sonreír, estiró el brazo hacia su ávido público. La rutina debía seguir con un riff y un blues guiado por una sensual guitarra. Lento debía seguir, para que Paul se luciera. Pero la música jamás empezó. Ni esa ni ninguna otra de las pistas que tenían preparadas. Paul no se movía, permaneció con el brazo extendido. Un minuto, acaso dos. Y como si su gesto fuera un ruego o una orden directa hacia alguna de las hembras, una de ellas saltó al escenario. Ricky sonrió al ver que era la veterana de rulos negros la que subía, la de las deslumbrantes tetas. Y detrás de la veterana, un grupo de cinco, tal vez más, subió también.

Ricky vio, ya sin sonreír, bajo la luz ultravioleta que aún palpitaba, los blanquísimos dientes de Paul, su sonrisa de dientes apretados. Todavía sentado en la banqueta, se dejaba tironear el pelo. Eran por lo menos diez las que ahora lo rodeaban, mordiéndose los labios y apretándose las manos. ¡Cómo lo deseaban! Y no tenían planeado reprimir ese voraz deseo.

La música debería haber empezado hacía rato: había una rutina, un programa a seguir. Pero, en su lugar, los parlantes continuaban emitiendo el sonido de aquella sirena, que se dilataba en un prolongado y hechizante tono agudo, como de súplica. Desde ahí, todo empeoró. Si acaso hasta entonces llevaban el control del show, en algún momento entre la 01:00 y la 01:16, lo perdieron definitivamente.

El volumen de los parlantes crecía. Paul, cercado por aquellas, empezó a agitarse en ridículos movimientos, descoordinados. La banqueta rodó por el escenario y fue a parar contra una de las mesas más próximas a la barra. Él cayó de espaldas sobre la alfombra. Apenas asomado desde su escondite, Ricky divisó las manos de ellas, que ahora apretaban los brazos y el cuello de Paul. Lo retorcían, lo hundían bajo sus extasiados cuerpos.

La luz parpadeaba, y Ricky alcanzó a presenciar ese frenesí animal, ese creciente forcejeo. Forcejeo únicamente de ellas, entre ellas. Porque Paul ya no se movía: derramado en la alfombra, no parecía mostrar ninguna resistencia. Cautivado, Ricky se entregó al hipnótico vaivén de esas espaldas, de esas húmedas piernas que se rozaban y se chocaban y se superponían, que se debatían igual que cachorros frente a la última ubre. Y debajo de esas piernas, de esas salvajes extremidades, se extendía, inmóvil, el cuerpo de Paul.

La veterana danzaba un baile absurdo y a la vez excitante. Las demás la seguían. Y, sin parar de contornearse y de fregarse sobre el ahora inerte cuerpo de su amigo, lo sometían contra la alfombra negra del escenario. Lo besaban y lo lamían y lo olían y lo aplastaban y lo pellizcaban y lo saboreaban. Se arrancaban las polleras, los vestidos, sonreían y se fulminaban con ojos amenazadores. Se frotaban contra la alfombra. Después, más hembras subieron desnudas al escenario, dispuestas a tomar la parte que les tocaba.

La música no empezó nunca, insistía la latente sirena, ese tétrico y constante pitido que el DJ —que acaso había corrido la misma suerte que Paul— no cambiaba y no cambiaría tampoco.

En cada flash —y aún sin animarse siquiera a moverse— Ricky podía ver que los labios de ellas enrojecían, que sus bocas chorreaban un líquido que, a la distancia, se le antojaba espeso y oscuro. Seguían rodeando a su amigo, y él ya no se movía, hacía rato había dejado de moverse.

Ellas lo mordían, lo desgarraban con sus hocicos, sus bestiales bocas. Sangre era lo que chorreaba de sus bocas. Subían más de ellas. Las rezagadas saltaban, se arrastraban: pálidos y blandos cuerpos que iban tras lo que quedaba de Paul. Carroñeras. Bestias, todas.

Seguían lamiendo, debatiéndose los restos. ¡Hienas!

Y él, todavía detrás del sucio telón azul. Anhelando que se saciaran, que se dieran por satisfechas. Implorando porque, en la fugaz intermitencia de la luz ultravioleta, ninguno de esos salvajes ojos se cruzara con los suyos. ¡Que se fueran! ¿Qué más querían? ¡Sádicas!

Muy pronto se irán, se dijo. Muy pronto.

Entonces, cuando ellas todavía masticaban asquerosamente, Ricky salió a escena. Extendió los brazos y sonrió. Y se dejó llevar por aquel insistente y turbador pitido, por los flashes y por la alfombra negra que se hundía bajo sus pies. Pero por sobre todas las cosas, por la sirena, que retumbaba y se impregnaba al tímpano como el eco de un caracol vacío. Y, de a poco, muy de a poco, ellas advirtieron su presencia. La veterana sonrió, sonrieron todas. Lentamente giraron y, fulminándolo con sus aterradores ojos —centenar de ojos que parecían uno solo, una única y acechadora mirada de harpía—, empezaron a acercarse.

Y otra vez chillaron. Con sus sanguinolentas lenguas saboreaban el perfume de Ricky. Su perfume y su aroma disimulado bajo el perfume. Y él supo que lo deseaban también. Nada pretendían ellas más que poseerlo. Y las dejó hacer. No intentó defenderse ni escaparse. Ni siquiera vengar a su amigo: apenas si lo recordaba.

Se ofreció en silencio, complaciente, los brazos abiertos todavía. Lo último que oyó fue un vaso que estallaba en algún lugar, y el griterío que era engullido por la espeluznante sirena, que lo devoraba todo.

 

 

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Cristian Acevedo.

Enero 2015.

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