El niño, el fuego

12.04.2014 19:12

Historia extraña, pero breve y verídica.

Norberto López Uralde es un escritor que obtuvo cierto reconocimiento a partir de «El niño», relato fundamental para quienes -como yo- pretenden escribir cuentos fantásticos.

En esa maravillosa historia -escrita en primera persona-, el narrador pierde a su hijo en un accidente de tránsito. La muerte le llega al niño el día en que cumple los once años.

Y por alguna especie de horroroso sentido del humor, la vida -acaso el destino, acaso el mismo diablo- quiso que su propio hijo, Ariel López Uralde, muriera como Norberto lo había escrito en su relato: un choque del micro escolar en que viajaba, el día de su cumpleaños número once.

Y no tardaron en cargar sobre él toda la culpa: sus amigos, sus lectores, su familia. Para aquellos -para absolutamente todos-, el niño no había muerto por la imprudencia de un conductor ni por mera cuestión estadística, no. Los dedos acusadores apuntaban en una única dirección: la fatalidad había sido causada por una mente retorcida y su creación perversa. Creación nacida en la cabeza de un enfermo capaz de vender el alma a cambio de una buena historia.

Él mismo llegó a creerlo. Se creyó maldito.

Su vanidad -vanidad de escritor- lo había llevado a pensar que era cierto: todo había sido culpa suya.

Un mes más tarde, en silencio, sin amenazas, sin decir una palabra, su mujer dispuso unos cables y una escalera bajo la parra del patio. Y se ahorcó.

Y, aun en el desastre, Norberto creyó que podría revertir su tragedia. Conservaba esa ilusión.

Un año tardó en ubicar las dos mil copias en que había sido editado «El niño»: viajar, ofertar, rogar, explicar, agradecer. Pagar. Y hoy se acaba todo. Ha reunido las dos mil copias, las ha amontonado en el mismo patio donde su esposa se quitó la vida. Apiló libro sobre libro sobre libro.

Los quemará. Aquella historia engendrada en dos mil abominables ejemplares, hoy se convertirá en cenizas. En expiación. En redención.

Norberto termina de empapar en alcohol la pared de libros malditos. Pronto las llamas azules, los libros que arden uno sobre otro y sobre otro. Y las cenizas y el humo y el calor.

Y un eco agudo susurra y le llega, suave, a los oídos. Tan suave que Norberto cree imaginarlo.

Delante de él, se queman las dos mil copias, sus páginas, sus tintas. A sus espaldas, el eco debe repetirse, esta vez más profundo, para que él lo juzgue posible siquiera. Y finalmente se convierte en sonido palpable, deja de ser el eco de un eco de un eco: Norberto cree haber oído algo.

Esta vez lo oye.

La voz del niño, milagrosamente, vuelve a sonar -a reír- en la casa. Y Norberto duda: no quiere creer, no quiere el desengaño. No se da vuelta. Ni se mueve.

Insiste el eco, insiste la voz del niño. De su niño.

Y también oye la cálida voz de su mujer. La oye cantar. ¡Cantar! ¡Ella  canta, el niño ríe!

Esas voces lo paralizan, un fragor ardiente lo envuelve.

Y Norberto se da vuelta. Trémulo. Lento.

La casa está en llamas.

Arden las voces de su esposa y la del niño, arden los muebles, arden las guirnaldas y los globos y la torta. Y la vela azul con el número 11 también arde, sobre el chocolate, sobre el mazapán. La cera se derrite.

Esa es mi maldición.

Sobre la hoja en blanco, el absurdo no tiene límites. Como tampoco conoce de límites la vanidad del escritor.

Esa es la culpa que me aplasta.

Porque no tuve yo la mejor idea, perversa ocurrencia -acaso propia, acaso del mismo diablo-, de escribir sobre un tipo, un tal Norberto López Uralde. Un escritor de literatura fantástica que acaba de provocar la muerte de su esposa y de su niño. Que los ve morir de la misma forma en que él lo ha escrito años atrás. Mueren como en su reconocido relato titulado «El niño, el fuego». 


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Cristian Acevedo


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