El último Noel

12.04.2013 19:59

A los ocho años descubrí que Papá Noel no existía.

Tal vez ya lo sospechaba, pero aquella noche terminé por confirmarlo. Aquella navidad, cuando ya todos habían brindado y yo ya me había paseado frente a mis abuelos y a los tíos de Moreno con la bici nueva y con los demás juguetes, la verdad se reveló frente a mis ojos: Papá Noel no era otro más que el tío Carlos. Había sido él quién había aparecido desde detrás del sauce con una bolsa roja y meta risa y jo-jo-jo. Había sido él quién había desparramado los regalos alrededor del arbolito. Había sido él, siempre.

Ahora lo sabía, comenzaba a saberlo.

Ya todos cabeceaban en sus sillas, hartos de cerveza y de sidra y de clericó. En la penumbra del comedor, papá había extendido el sofá-cama y se había desmayado sin avisarle a nadie. Y yo -desdichado debut-, era la primera vez que no tenía ni un poco de sueño: esa fue la primera navidad que me quedé despierto hasta tan tarde.

No me podía bajar de la bici, iba y venía por el pasillo. ¡Esa era la mejor navidad de todas! Las dudas que había tenido hasta entonces se desvanecieron cuando el regalo que tanto había deseado, el regalo que había pedido en la carta a Papá Noel, me esperaba envuelto con papel madera a un costado del pesebre.

Y ahí estaba yo. Adherido a mi bici nueva, yendo y viniendo. Pedaleaba hasta el pasto y cuando se me trababan las rueditas, daba vuelta la bici y volvía hasta chocar contra el alambrado del frente. Así estuve, fascinado por el tikitiki de los rayos, por el brillo del manubrio.

El reloj de la cocina marcaba las 3:15 cuando por fin me bajé y fui a buscar a mi mamá, y ya no estaba. Ya no me acuerdo para qué la buscaba, acaso para mostrarle alguna maniobra nueva. No me acuerdo. El asunto es que seguí hasta su pieza: el abuelo Roberto roncaba, la abuela Gladys también. Fui al comedor y encendí la luz: tal vez mamá se había acostado en el sofá-cama, al lado de papá.

No estaba. Solo papá estaba.

Le tuve que preguntar varias veces para que me contestara. Balbuceó algo sin moverse. Tenía el pelo pegado a la frente por la transpiración, y se le notaba en los párpados que se esforzaba en abrir los ojos y no podía. Volví a preguntar por mamá una vez más, hasta que pude oír su respuesta:

-Dejalos tranquilos, querés -dijo, levantando un poco la cabeza del colchón-. Que ya son grandes. Que ellos hagan su vida y yo la mía.

Apagué la luz y lo dejé durmiendo. No recuerdo bien qué fue lo que sentí, o tal vez ni siquiera lo supe: a los ocho no me era posible determinar todo lo que sentía. Aunque, ahora se me ocurre que puede haber sido pena lo que sentí. Es muy duro sentir pena por tu papá, y agradezco no haber sido capaz de identificar esa sensación.

Pasé por la mesa: restos de pan dulce, de ensalada de frutas, de nueces y avellanas. La tía Mary pasó por al lado mío y me sacudió el pelo. Me dijo que se iba a acostar, que no me olvidara que esa noche dormiría en mi pieza. Yo ni me acordaba, hizo bien en recordármelo. Volví a montarme en la bici y pedaleé esperando que apareciera mamá. No podía tardarse tanto. Fui hasta el alambrado del frente y volví hasta donde empezaba el pasto. Así hice hasta que me di cuenta de que, si pedaleaba con más fuerza, podía también andar sobre el pasto sin problemas. Ya no necesitaría dar vuelta la bici, podía doblar y volver sin bajarme. Eso hice: empujé con toda mi fuerza, aplasté el pedal, y ya estaba andando con las rueditas sobre el pasto del fondo. Así fue como llegué hasta el sauce. Así fue cómo descubrí que Papá Noel no existía.

Detrás del sauce, el tío Carlos parecía forcejear con mamá. Ya no tenía el gorro puesto, pero conservaba el resto del disfraz.

Él y mamá chistaban y se quejaban y se empujaban. Él le apretaba las piernas a mi mamá; a ella parecía dolerle, pero no se quejaba. No sé si mamá me vio, pero de una cosa sí estoy seguro: el tío Carlos se dio vuelta y me miró de una forma que tampoco pude identificar. Le brillaban los ojos.

Esa noche supe lo de Papá Noel.

Y supe, verdad que me dolió en igual medida, que las mamás mienten tanto como cualquiera. Que los adultos dan asco, todos. Todo eso descubrí aquella navidad. Y con el tiempo tuve una certeza todavía peor: comprendí que mi papá ya lo sabía, y que no le importaba. 



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Cristian Acevedo.

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