La bestia y los tres cerditos

12.04.2014 19:14

Mavrakis no llora por la humanidad. ¿Qué carajo significa eso de «la humanidad»? Si han sido ellos y no otros, no la humanidad, quienes han resistido por quince meses, aplastados entre estas húmedas paredes que asfixian. Ocultándose como cucarachas, procurando no pensar en La Bestia. Fingiendo, por momentos, que ella pronto se irá, que ellos vivirán, que llegará el día en que La Bestia decida marcharse, como si nada.

Claro que no llora por eso. Las lágrimas de Mavrakis son más cercanas, más culposas. La humanidad, la Argentina, el mundo, el universo, no significan nada. El todo se limita a ellos, a los que resisten en el interior del Obelisco, sofocante cuartucho de siete niveles. Siete pisos, cuatro paredes, una escalera, doscientos seis escalones, un puñado de tipos que hace mucho fueron personas, que hace mucho fueron más que un puñado.

Un obelisco que, tal vez, era un símbolo para quienes habitaban esas calles, y que ahora ha adquirido un sentido más práctico: los protege -día a día, semana a semana- de la infame Bestia.

El Obelisco los protege; y ellos -estos tipos, este puñado- solo se interesan en una única cosa: su propia supervivencia. Cualquier otra noción o interés ha desaparecido.

Sobrevivir.

El resto se ha desvanecido noche a noche hasta apagarse casi por completo. El temor -el terror- a La Bestia ha eliminado el sentido de lo que llamamos civilización. Ese, que podía verse durante los días previos a la masacre. Ahora solo quedan gestos fortuitos, como el llanto de Mavrakis. Mavrakis, que no puede evitar las lágrimas por mucho que suspira y aprieta los párpados.

Y puede que sea verdad, que ellos sean el todo. Tal vez sea cierto: ellos -los cin... los cuatro que quedan-, son esa humanidad. Un censo breve: Mavrakis, Sergio, Vicky, Walter.

Vicky los abandonará, y lo sabe. Por eso permanece callada, lejos de su papá y de su hermano Sergio: en un rincón del segundo piso, juega con las palomas que pronto compartirán su destino de muerte; aunque ellas, palomas idiotas, no parecen imaginarlo.

Entretanto, Walter silba un viejo tango -un vals tal vez-,y no levanta la cabeza, no la despega de los hombros: ha advertido, hace algunos meses, que no mirar a los ojos aliviana la culpa. Walter no hace más que silbar, y ese silbido retumba y rebota en las paredes como el chasquido de un látigo.

Los demás ya se han acostumbrado a sus manías, a sus caprichos. Y lo aceptan sin protestar: es él quien consigue la cena. Walter atrapa las palomas, Walter las despluma y las cocina. Walter reza por todos. Walter los alimenta.

Sergio ya se ha despedido de Vicky. Pero decidió acompañarla hasta el final: esa es su forma de enfrentar lo que viene. Porque la suerte que le ha tocado a su hermanita lo llena de culpa, aunque no es enteramente culpa. También hay otra cosa, algo que él se empeña en ocultar. Ese algo es el alivio porque sea su hermana y no él quien deba sacrificarse. Y Mavrakis que llora. Hace un largo rato que llora, sentando en la cúpula del Obelisco.

El resto, el afuera -la 9 de Julio, la Ruta 2, el Atlántico, el viejo continente, el Asia-, no existen ya. Así que es mejor que ellos lo sepan: él no llora por la inminente desaparición de la especie humana. ¡Qué carajo importan! Ni siquiera sabe si es cierto aquello que dijeron los últimos en llegar. Quizás exageraron, y haya otros tantos refugiados ahí afuera, alimentándose como animales, sobreviviendo como animales, abandonándose... como animales. Quizás hay más sobrevivientes, quizá no todos han sido derrotados. Quizás han encontrado la manera de destruir a La Bestia. Quizá...

Al fin y al cabo todo se reduce a lo mismo de siempre. Todo termina siendo una cuestión de fe.

Desde la abertura que el Obelisco tiene en su afilada cúpula puede advertirse la devastación: ruinas y escombros y mugre y restos. Vicky.

Un viento ácido se filtra por la abertura y quema las lágrimas y la piel curtida de Mavrakis. El mismo viento que tuerce los pinos del bulevar y que, en la esquina de Corrientes y Cerrito, engendra un pequeño remolino que se retuerce y desparrama las hojas de algún diario antiguo.

Vicky ha dejado de moverse.

Y ahora, Mavrakis observa todo desde acá. Presencia el desastre que La Bestia acaba de hacer con su pequeña Vicky. Que la despedaza, que la rompe con sus extremidades. Y mastica, se divierte -ya no quedan dudas de eso-, La Bestia mastica, muerde, chupa. La ha despedazado; por eso llora Mavrakis.

Desde el comienzo, la escena ha sido terriblemente pausada: su pequeña Vicky sube las escaleras. Se acerca -Sergio, a su lado-, obediente al principio, nerviosa, llegando al borde de la ventana. Mavrakis contempla cómo los ojitos azules luchan por no lagrimear. La ve caer, enseguida. Siete pisos cae. La ha oído gritar, la oyó dar contra el piso, y un silencio breve. Y ahora ve cómo ella desaparece entre esas garras oscuras -serán tentáculos, acaso-, para siempre. Y llora por ella.

Por un par de noches, La Bestia no reclamará su plato del día. No jugará a tirar la puerta abajo. Dejará de ser, por dos o tres noches, el lobo que sopla y sopla; aunque ellos, los más cobardes entre los cobardes, nunca dejarán de ser sus deliciosos cerditos.

Todo será, hasta que el estómago de La Bestia vuelva a crujir de hambre -si es que acaso le cruje, y si es que tiene un único estómago-, un juego donde La Bestia los mortificará hasta el hartazgo. Se arrastrará por la avenida, rugiendo cuando el silencio es completo. Un rugido emergente -por momentos aterrador, como el de un león; y en otros, repulsivo como de insecto- que enloquece y que hace vibrar las tulipas de los inútiles postes de luz, que provoca el terror de las palomas que ellos aún no se han comido.

Mavrakis conoce muy bien la rutina de La Bestia: saltará de semáforo en semáforo, reluciendo su nueva piel -esa que se pone bien negra cuando está en proceso de digestión-, lamiéndose con sus hediondas lenguas. Se entretendrá husmeando en el interior de los autos abandonados. Se divertirá haciendo estallar las pocas vidrieras que quedan a su alcance. Así será por dos o tres noches. Después volverá. Siempre vuelve. Y él llorará otra vez: no tiene las agallas, nunca las ha tenido.

Mavrakis vendrá a la cúpula de este agudo calabozo y revivirá la escena que ha sido su infierno desde el principio.

Walter deberá decidir quién será el próximo, quién deberá sacrificarse. Y antes de que lo haga, Mavrakis rogará por su vida una vez más.


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Cristian Acevedo.

Ilustración: Valeria Uccelli

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