Noches sin luz

13.04.2012 19:49

No pude pegar un ojo en toda la noche pensando en que no bien saliera el sol, me sentaría a escribirle. A usted, pero también a mi hermana. Supe que iba a tener que hacerlo, señor Gerente de Segba.

Eso me pasa a veces: me acuesto sabiendo que al otro día debo hacer alguna cosa, y si no lo hago, estoy con eso en la cabeza todo el día. Pero esta vez fue distinto, esta vez no pude ni dormir siquiera. Porque no solo necesitaba hacerlo; se lo debía, señor Gerente. A usted.

Aun con la certeza de que esta carta no llegará a las manos de ningún gerente, de ningún cadete siquiera.

Porque soy conciente de que Segba ya no existe. Sé que su oficina de la calle Balcarce únicamente resulta interesante para los turistas japoneses y para los jóvenes estudiantes de arquitectura. Entiendo que Segba es una palabra más que confirma cuán viejo es quien la menciona. Ya sé todo eso. Pero le escribo igual, porque soy viejo y al fin y al cabo qué me importa.

Hacía años que no pasaba la noche así, como quien dice, en vela. Años que no me entregaba al caprichoso ir y venir de la memoria. Años que no sentía una punzada en la muñeca de tanto apretar un lápiz y borrar y tachar y remarcar.

Insisto, no ignoro el correr del reloj. Todo lo contrario: sé de la privatización, de las arrugas y las manchas de mi piel, de Edenor y Edesur, del paso del tiempo. Soy un especialista en eso de ver transcurrir los años, las décadas, la vida.

¡Vaya si soy conciente de todo eso! Si esta noche sin sueño y este papel borroneado no hicieron más que reavivar la nostalgia que llevaba sepultada bajo una pila de asfixiantes recuerdos nuevos.

Y no es por exagerar, es que anoche descubrí que existe otra asfixia.

Una asfixia mucho peor que la de un puño estrujándote el cogote o la de una almohada aplastándote la cara. Me refiero a la asfixia aquella que no te permite decir porque ya es tarde, porque el momento ya pasó. Y uno debe tragarse las palabras no dichas o anudárselas a la garganta y seguir como si nada, con suerte.

Y yo creía que podía ―eso de seguir como si nada―, pero me equivocaba. Y no fue sino hasta anoche que lo supe.

La tarde de ayer repitió el calor insoportable al que uno no se acostumbrará jamás. Ese calor que derrite los cubitos en un chasquido y te quita hasta las ganas de comer. Y que convierte al mate en un adorno más, junto con el termo, las sopas instantáneas y el frasco de Nescafé. Porque a mí me pasa eso. Ni comer puedo. Si hasta respirar se convierte en un obstáculo, con tanta humedad y tan poco aire flotando por las ventanas.

Un calor insoportable que no puedo describir de otra manera porque yo no sirvo para esto: para andar escribiendo y describiendo con metáforas lo insoportable que es pasarse el día con el sudor pegado a la frente y a las patillas. Si lo tengo que describir, me sale enseguida la palabra insoportable.

En fin, es un calor que, además, lo hace a uno saber que pronto llegará el apagón. Porque es bien sabido que unas cuantas horas de calor son más que necesarias para que se apague todo.

Y a la noche, llegó nomás (y me detengo para aclarar, señor Gerente, que ésta carta no pretende convertirse en un reclamo; todo lo contrario).

Eran las once y media y, a diferencia de todas mis noches, no tenía ni una gota de sueño. Si no, ni me hubiera enterado del apagón hasta esta mañana, al mojarme los pies con el agua de la heladera descongelándose.

Pero, no tenía sueño. De modo que ubiqué unas cuantas velas en los platitos cachados del té y me senté en mi silla de mimbre. Me entretuve con los ruidos de la calle, que uno ignora que existen por el volumen del noticiero y los otros cachivaches eléctricos.

Y de golpe, me vino una risa. Una risa incontenible que me hizo doler el pecho y me dio escalofríos, seguida de un calor que me subió por el cuello, por la nuca, y que se me estacionó en las orejas que me ardieron como si las hubiera metido en aceite hirviendo.

Así comenzó la noche. Con el apagón y con una carcajada dolorosa, con un fuego que me subía y me quemaba sin dolor, y con un recuerdo apabullante que se proyectaba entre penumbras. Y yo, con los ojos a medio abrir, podía verlo todo. Sentirlo todo: una colección de imágenes de mi viejo y de mi hermana que se disparaban como fotos viejas, en medio de la amarillenta luz de las velas. Una risa que me transportó a esas noches en que Edenor era Segba; y que, sin importar que hiciera frío o calor, la luz se apagaba por horas, por días; y había que rebuscárselas para pasar el rato. Porque a nosotros (a mi hermana y a mí), lo único que nos preocupaba era eso, pasar el rato hasta que volviera la luz o hasta que nos agarrara sueño.

Y cuando la luz se cortaba, corríamos tras las piernas del viejo riéndonos a carcajadas para que no se notara el miedo que teníamos.

Esas imágenes se me vinieron: las de nosotros corriendo por la cocina, tanteando y chocándonos con la mesa, con las sillas, con lo que hubiera.

Pero más que nada, la imagen del viejo fue la que me paralizó y que me llevó a no pegar un ojo en toda la noche.

¡Si hasta teníamos una rutina para aquellas ocasiones! Y yo que me vengo a acordar recién ahora...

Se cortaba la luz, de golpe nomás. Y el viejo, enseguida apagaba el cigarrillo y nos cargaba a cada uno en un brazo y nos decía algo así como «No pasa nada, no pasa nada que acá está Papá». Nosotros nos reíamos, nerviosos, y al rato ya estábamos jugando.

Uno de los juegos que ideó para esas noches negras, lo llamábamos «Había». Siempre empezaba él. Decía «Había»; y después yo lo repetía y agregaba una palabra nueva; y después mi hermana y otra vez el viejo. Y así, el «Había» inicial se convertía en «Había una nena que jugaba en la...»; hasta que alguno se olvidaba de la frase y era merecedor del castigo que, casi siempre, eran cosquillas en el cuello o en las costillas.

No sé cómo he podido olvidarme de todo eso. Si nos acostábamos esperando que al otro día se cortara la luz otra vez.

A veces, jugábamos a ingeniar cuentos: él proponía tres palabras y nosotros debíamos relatar una historia con ellas. El viejo se olvidaba de fumar por un buen rato, y estoy seguro de que él también se divertía.

Hubo una ocasión en que al viejo se le ocurrió inventar palabras para que nosotros las metiéramos en el cuento: francinfrunquen fue una de ellas. Y yo dije algo parecido a «La vecina salió a comprar dos quilos de francinfrunquen...», y no podíamos ni terminar el cuento de la risa que nos daba.

Puede parecer absurdo, señor Gerente, pero de repente me sentí pibe otra vez.  Y las velas comenzaron a despedir un aroma que se me antojó como de tabaco. Y la silla de mimbre pareció extender un brazo sobre mi espalda y casi percibo a mi hermana del otro lado de esa voz de cigarrillo que proponía con voz traviesa, que continuáramos con el «Había».

Así me pasé la noche: llorando y riendo y jurando que cuando amaneciera, no empezaría el día sin agradecerle a usted, señor Gerente de Segba, por todos esos cortes.

Porque agradecerle al viejo ya no puedo. Ni por esas noches ni por nada. ¿Adónde mandaría la carta? Si el viejo en lugar de morirse se hubiera cambiado el nombre y la dirección, si se hubiera privatizado en lugar de morirse, seguro le escribiría a él. Le diría que no me olvidé, que ya me acuerdo, que gracias. Que volvió a cortarse la luz y que no paré de reírme con el recuerdo de sus puteadas contra Segba y sus esfuerzos por mantenernos tranquilos. Que me pasé la noche inventando cuentos de vecinas que compran francinfrunquen...

Y que también le escribí a un gerente sin gerencia y sin empresa, agradeciéndole por esos apagones que nos permitían jugar y divertirnos distinto, sin importarnos que no hubiera tele ni ventilador ni maquinitas de Fují.

Por eso esta carta, señor Gerente. Porque gracias a este nuevo apagón, pude acordarme de todo aquello. Porque recién anoche entendí que debía tragarme el orgullo que me asfixiaba.

Y por fin le escribí a mi hermana. Después de tantos años lo hice. Y espero que pronto me responda. Estoy seguro de que va a responder.

Porque, tal vez, ella no perdone a un viejo avaro que nunca estuvo presente. Pero, es posible que lo haga con el pibe que se sentaba sobre la otra pierna y que, a veces, perdía a propósito para salvarla de las cosquillas del viejo.

La carta es simple: «Había» le puse. Por algo hay que empezar.

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Noviembre 2012

Cristian Acevedo

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CristianAcevedo En un rincón perdido de Tortuguitas. +54.1167919245 zonaacevedo@hotmail.com