Perdura, oscuridad

28.01.2015 00:44

Aquella horrible mañana me paré frente al espejo, lavé mi cara y me cepillé los dientes. El ir y venir del cepillo sobre mis encías y el sabor refrescante del dentífrico hicieron que la modorra se disipara. Escupí y me enjuagué. Y advertí, al fijar mis ojos frente al espejo, que una cana sobresalía en mi flequillo negro, como una maleza se obstina en crecer en un campo de golf. Y no lo dudé: logré capturarla y separarla del resto, y la extirpé de un tirón.

Al arrancarla, un leve pinchazo en el cuero cabelludo provocó que cerrara los ojos por unos segundos. Y fue entonces cuando noté que algo andaba mal, algo funcionaba incorrectamente. Porque al volver de ese acto involuntario de cerrar los ojos, descubrí que en el espejo, mi reflejo aguardaba ya con los ojos abiertos. No fue demasiado notorio, pero lo supe inmediatamente: algo andaba mal.

Clavé la vista en el reflejo de mis ojos marrones. Buscaba una señal, una certeza. No había nadie mejor que yo para hacerme notar que estaba equivocado, que lo que creía haber visto no había sucedido, que la modorra no se había alejado por completo, y que yo no era capaz de darme cuenta de que aquello había sido producto de mi torpe mente, aún adormecida.

Pero, en cambio, mis ojos se mostraron como un desierto desconocido. Un abismo abrumador encorsetado en dos círculos marrones, que yo ya no reconocía como propios. Sólo vi en esos ojos una nada asfixiante, claustrofóbica. Y me vi a mi, comprimido dentro de esa oquedad desesperante. Aplastado por paredes que no podía ver. Así fue: desesperante.

¿Acaso me había vuelto loco?

Intenté pestañear. Y lo hice: la imagen en el espejo pestañeó unas cuantas veces. Todo estaba en mi cabeza, me dije. Entonces volví a abrir la canilla y me mojé el pelo. Y pude ver cómo la cana daba vueltas en la pileta y se perdía por el desagüe. Eché la cabeza hacia atrás y me acomodé el pelo con una mano. Una gota se desprendió de mi cabeza, zigzagueó por mi frente y se depositó en la punta de mi nariz, haciéndome picar.

Quise levantar mi brazo, con la idea de rascarme, pero no pude. En lugar de eso, vi en el espejo que mi mano cerraba la canilla y recién después se dirigía a la gota de la nariz. Claro que era otra sutil diferencia, aunque no tan sutil como el desfase que había notado al abrir los ojos anteriormente.

¡¿Acaso me había vuelto loco?!

Esa pregunta flotaba, constante y amenazadora, mientras yo seguía observándome en el espejo. Y decidí eliminar cualquier duda (nada de absurdas incertidumbres): llené mis pulmones y largué un soplido, que empañó un poco el espejo. En el reflejo, todo parecía andar bien: me vi resoplar y frotar con la mano la parte del espejo que se había empañado. Sonreí, y el reflejo sonrió simultáneamente. Levanté la mano izquierda, y me vi con la mano arriba. Parpadeé, y parpadeó. Abrí la boca, y abrió la boca. La cerré, y la cerró. Solo que… de algún modo, se volvió a abrir.

¡La boca en el espejo volvió a abrirse!

Y mi boca también se abrió, de par en par. Y mis ojos empezaron a parpadear súbitamente. Como el aleteo de un insecto pequeño, de una polilla. No podía yo detenerlo. Hasta que por fin, mis ojos dejaron de aletear y se dedicaron a examinar los ojos aquellos, esos ojos ajenos y aterradores. Y una mirada que parecía decirme: “Sé que estás ahí, siempre lo supe, siempre te supe mi esclavo. Ahora vos también lo sabés”.

Me vi apretar los ojos. Y los míos (los que siempre creí que me pertenecían) también se cerraron. Percibí una oscuridad nueva, una sensación trágica y terrible. Me sofocaba. Mis ojos se abrieron. Y debí sonreír, puesto que la imagen del espejo sonreía. Y debí levantar la mano y bajarla, y abrir y cerrar la boca, como una inútil y triste sombra. Pude verme apagando la luz y cerrando la puerta del baño. Yo imité los movimientos hasta donde pude ver. Inmediatamente después, todo fue oscuridad. Ese abismo que había descubierto en aquellos espeluznantes ojos marrones se cernía sobre mí; una asfixiante celda que palpitaba, que se encogía.

Así fue la primera vez y la segunda. Y así fue siempre, ahora lo sé. Lo sé y lo acepto. Ya ni recuerdo cuánto hace que lo supe. Solo puedo decir que dos o tres veces al día, la luz se enciende, y salgo de una prisión para encerrarme en otra. Porque en mi caso, la luz no es más que la continuidad de esa prisión. Una exageración, un énfasis de mi cautiverio. En la oscuridad puedo ponerme a pensar, igual que ahora, y dejar que mi cabeza divague, incluso sueñe. En la oscuridad no existen las sombras. En cambio, cuando se enciende la luz, todo es repetición, plagio, parodia. Por eso es que en este último tiempo he deseado que la oscuridad se prolongue, que perdure.

Pero son puras mentiras. Me miento a mí mismo.

Porque, por las mañanas, no hago más que esperar que la luz ilumine el espejo, que acaricie mis ojos adormecidos.

 

Hace unos días he advertido que mi flequillo es cada vez más blanco. Y por más que intento quitarme las canas, la imagen en el espejo parece ignorarlas por completo. También he notado las arrugas que me tachan la frente, y las manchas en las manos. Ha pasado mucho tiempo, me digo. Es desesperante. Y es también espantoso. Pero sonrío aunque no quiero, porque debo sonreír, porque el tipo sonríe.

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CristianAcevedo En un rincón perdido de Tortuguitas. +54.1167919245 zonaacevedo@hotmail.com